La transiciòn del karma al dharma.
El cambio, la risa, la transformaciòn.
Según la visión del Karma, nuestra acciones y su efectos, que a su vez son acciones que provocan interminables efectos, conforman un camino nuevo, un rumbo de vida que nosotros mismos decidimos. Podemos decantarnos por una vida cómoda, disoluta, donde lo que prima es el bienestar a costa de lo que sea, o bien elegir un camino algo más áspero, pero gratificante en lo humano, en que vivimos no sólo para nosotros sino también para los demás.
El hombre elige libremente, y al elegir se muestra a sí mismo como ser pensante, pero elige también los futuros resultados de su acción. El hombre es, por lo tanto, quien traza su propio camino. Es, lo asuma o lo ignore, y aun en el error puede rectificarlo a través de la siembra de nuevos actos. Para ver lo que nos depara el futuro merece la pena detenerse y observarse a sí mismo.
El Karma tan sólo nos da, en prueba de justicia cósmica, lo que nos merecemos; no es un castigo, sino un posibilidad, observando lo que nos acontece, de entender en que nos equivocamos, qué acciones nuevas debemos emprender. Quien pierde un trabajo, y se hunde en lamentos y en una actitud pesimista, en lugar de salir a buscarlo todas las horas útiles del día, define la dirección de su destino.
Quien cree en su propio destino y lo persigue, tarde o temprano lo conquista, encuentra la flor que surge de su confianza y de su esfuerzo, es decir, de sus actos. El bien no es más, entonces, que un suma de actos de bien, y nuestro mal no es otra cosa que la oscuridad momentánea de quien no halla su propio rumbo.
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